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Mido 1, 76, mas o menos, mantengo mi cuerpo, otro hora atlético, con una intensa caminata aeróbica diaria, a causa de mi trabajo actual de cronista en una radio y canal de tv local (salimos en dúplex), en el cual me desempeño desde hace ya unos seis meses. Pero mi primer trabajo fue a los 18 años, cortando césped en casa de un vieja insoportable, luego como repartidor en una distribuidora de productos alimenticios, duré un solo día; luego en una florería, renuncié al año y medio, no antes sin cantarle “las 40” al pelotudo que era mi jefe. También estuve trabajando en una panadería, dos días. Un tiempo después me invitaron a formar parte de un proyecto social sustentado por nación, del cual, cuatro años después, hoy en día aun soy coordinador, lejos de mis prejuicios de un primer momento. Trabajo con gente de bajos recursos y me gusta, esto, en su momento, me llevó a estudiar psicología social, cosa que en cualquier momento tiro por la borda, pues creo ya haber aprendido todo lo que esta carrera me podía enseñar.
Si, lo admito, soy un poco creído, soberbio pero al menos lo admito. Igualmente, me gusta auto criticarme destructivamente cada vez que se me viene en ganas; odio leer lo que escribo, por ejemplo. Un poco complicado, como verán, hasta estoy pensando en que es lo que se verá de mí, a través no de mi descripción sino de mis palabras, a través de la forma en que digo lo que digo. Pero a quien le importa.
Malhumorado, a veces; poco serio la mayor parte del tiempo aunque aparente lo contrario con mi “mira penetrante” y mi voz de “hombre de radio”. Pienso mas de lo que debería y no soy tan decidido como digo ser o como pretendo. Me gusta el humor ácido y joder con la ética y la moral del mundo donde vivimos.
La gente, en general, me aburre, me asusta, me avergüenza y me asquea. Nunca pretendí caerle bien a nadie. No considero mas que un gusano a aquel que no sepa valerse por su propio criterio, por mas equivocado que esté. Rescato a los niños, que aún no tienen el cerebro invadido, a los animales, principalmente a los perros y las historias de los ancianos que se pierden junto con ellos. Y por supuesto a los valientes, que no creen serlo.
Lo que más detesto de toda la vida son las obligaciones sociales, mucho más aun las obligaciones menores, como por ejemplo entrar a comprar a un supermercado y luego de ser escrutado fríamente por la mirada del guardia de seguridad, tener que bancarme, también, esperar en la fila de consumidores infelices viendo la cara amarga de la cajera también infeliz. Odio esperar, no pudo esperar ni siquiera diez segundos.
Por todo esto, amigos tengo muy pocos, pero amigos en serio, de verdad, no tengo ninguno. Es que si yo no dijera lo que pienso, más allá de cómo lo digo, dura y fríamente o cálida y respetuosamente, siento como que algo me sube por mi pecho, me ahoga y me dan ganas de vomitar. Ese es mi problema principal, no puedo cerrar la boca. Además, también lo admito, me encanta impresionar a la gente. Nací en el barro “La Cuchilla”, allí vivo y allí aprendí que pese a todo, aun vale la pena pasar un tiempo en esta vida.
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